El Pueblo o los Grupos de Poder
Cristian Granados
En la historia política de México existe una constante que pareciera repetirse una y otra vez: los pueblos son convocados únicamente cuando se necesitan votos, aplausos o plazas llenas. Después, una vez alcanzado el poder, las decisiones vuelven a concentrarse en pequeños grupos privilegiados que se reparten candidaturas, posiciones y negocios como si los municipios fueran propiedades privadas. Lo ocurrido en Tequila, Jalisco, durante febrero de 2026, dejó una lección política que Puerto Vallarta no debería ignorar.
El caso de Tequila exhibió cómo las imposiciones políticas y las estructuras construidas desde las cúpulas pueden terminar fracturando la confianza ciudadana. El nombre del Senador Carlos Lomelí Bolaños apareció inevitablemente en la conversación pública debido a su fuerte impulso sobre determinados perfiles políticos dentro de aquel municipio. Más allá de las simpatías o rechazos personales, el fondo del asunto fue mucho más profundo: la ciudadanía comenzó a cuestionar si las decisiones realmente estaban naciendo del Pueblo o de intereses políticos diseñados desde arriba.
Hoy, en Puerto Vallarta, el escenario comienza a mostrar señales similares. Los grupos políticos vuelven a mover piezas, vuelven a promover “alfiles”, vuelven a preparar estructuras electorales donde pareciera que la voluntad popular importa menos que los acuerdos entre élites. Y ese es precisamente el gran peligro.
Puerto Vallarta atraviesa un momento definitivo. No se trata únicamente de elegir futuros candidatos o partidos; se trata de decidir qué clase de municipio quiere construir la sociedad vallartense para las próximas generaciones. El Pueblo tiene frente a sí dos rutas completamente distintas: la reivindicación colectiva y el desarrollo auténtico, o continuar atrapado en el viejo círculo de manipulación política, clientelismo y simulación democrática.
Durante décadas, gran parte de la clase política mexicana perfeccionó métodos de control social basados en el condicionamiento económico y emocional. Despensas, dinero, favores, promesas temporales, amenazas disfrazadas de ayuda, estructuras de acarreo y campañas basadas en el miedo siguen siendo herramientas utilizadas para mantener sometidas a muchas comunidades. Y Puerto Vallarta no ha sido la excepción.
El problema es que demasiadas personas han terminado creyendo que la política se reduce únicamente a obedecer líderes, llenar asambleas o defender figuras que jamás defenderían al Pueblo con la misma intensidad. Ahí radica una de las tragedias democráticas más profundas de México: ciudadanos convertidos en instrumentos electorales de grupos que únicamente buscan preservar privilegios.
El Pueblo necesita recordar algo fundamental: ningún político es más grande que la conciencia colectiva de una sociedad organizada.
No existe estructura de poder capaz de derrotar permanentemente a un Pueblo unido, informado y decidido a defender su dignidad. Ningún operador político, ningún senador, ningún empresario disfrazado de líder social y ningún grupo de interés puede compararse con la fuerza moral de trabajadores honestos, madres que sostienen hogares, juventudes que desean oportunidades reales, niños que merecen un mejor futuro y adultos mayores que han entregado toda una vida construyendo esta ciudad.
Puerto Vallarta necesita dejar de admirar a quienes solo aparecen en tiempos electorales para administrar ambiciones personales. Necesita dejar de creer en quienes convierten la pobreza en herramienta política y la necesidad social en mercancía electoral. Porque cuando un Pueblo vende su voluntad por una dádiva momentánea, termina pagando durante años las consecuencias de gobiernos incapaces, corruptos o alejados de las verdaderas necesidades populares.
Y las consecuencias pueden ser brutales.
Cuando la política cae en manos de grupos cerrados que se sienten dueños de las instituciones, comienzan a deteriorarse la seguridad, la transparencia, los servicios públicos y la confianza social. Crece el abandono, aumenta la desigualdad y el ciudadano común termina completamente desconectado de las decisiones que afectan su vida diaria. Entonces aparecen gobiernos que administran el municipio como un negocio privado y no como una responsabilidad pública.
La gran pregunta para Puerto Vallarta es si la ciudadanía permitirá nuevamente que las candidaturas sean definidas por acuerdos cupulares o si finalmente emergerá una verdadera organización popular capaz de construir un proyecto auténticamente ciudadano.
La transformación real no vendrá de los políticos privilegiados. Vendrá del despertar de la conciencia social.
Vendrá cuando el Pueblo entienda que no nació para ser acarreo de nadie.
Vendrá cuando las colonias dejen de ser utilizadas únicamente como territorios electorales.
Vendrá cuando la gente deje de tener miedo y comprenda que su voz vale más que cualquier despensa, cualquier billete y cualquier promesa vacía.
Porque la verdadera soberanía no pertenece a los grupos políticos.
La verdadera soberanía pertenece al Pueblo.
Cristian Granados
