Morena Puerto Vallarta.
Cristian Granados.
El Partido del Pueblo… Sin el Pueblo
La vida interna de Morena vuelve a colocarse en el centro de la polémica en Puerto Vallarta. El próximo domingo 17 de mayo, se llevará a cabo la Asamblea Municipal morenista en el conocido Salón César, con registro programado desde las 9 de la mañana. Sin embargo, el encuentro no será abierto a la militancia en general ni al pueblo simpatizante que durante años ha defendido las causas de la llamada Cuarta Transformación. La reunión será a puerta cerrada y únicamente podrán ingresar presidentes, presidentas, secretarios y secretarias de los comités seccionales del partido.
El hecho ha despertado inconformidad y preocupación entre diversos sectores de la base morenista vallartense, particularmente porque Morena nació como un movimiento que presumía ser distinto a los partidos tradicionales. Un partido construido, según sus propios principios, desde abajo y con participación popular. Hoy, muchos militantes se preguntan si aquella promesa sigue viva o si el movimiento ha terminado absorbido por las mismas prácticas cupulares que durante décadas criticó.
Los propios documentos básicos de Morena establecen principios de democracia participativa y organización desde las bases. El Estatuto vigente señala que el partido debe promover la participación política de la ciudadanía, respetando la voluntad colectiva y fomentando la organización popular. Sin embargo, la realidad política que hoy se vive en Puerto Vallarta parece caminar en dirección opuesta.
Muchos militantes recuerdan todavía el proceso interno de 2022, señalado por diversos actores como un episodio profundamente irregular dentro de la vida partidista local. En aquel momento, el nombre del diputado federal Bruno Blancas Mercado quedó vinculado a acusaciones de manipulación y control político durante los procesos internos de Morena en el Distrito V. Desde entonces, afirman diversos grupos de base, la democracia interna prácticamente desapareció del movimiento en la región.
La consecuencia de aquella crisis no tardó en reflejarse en el ejercicio del poder público. Puerto Vallarta terminó gobernado por un proyecto que muchos militantes consideran alejado de los principios fundacionales de Morena. Para una parte importante de la militancia histórica, se permitió la llegada de perfiles provenientes de fuerzas políticas tradicionales, particularmente del panismo local, debilitando gravemente la credibilidad del movimiento ante el pueblo.
La contradicción resulta especialmente dolorosa para quienes creyeron en la idea original de Morena: que las clases populares pudieran finalmente acceder al poder y gobernarse a sí mismas. Esa visión se relaciona directamente con el espíritu del artículo 39 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, el cual establece claramente que la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo y que todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste.
Hoy, sin embargo, muchos militantes perciben una transformación preocupante dentro del partido guinda. Donde antes existía un discurso orientado hacia “primero los pobres”, ahora observan una estructura política cada vez más cercana a grupos económicos, élites partidistas y figuras provenientes de los viejos sistemas de poder. El ascenso de chapulines políticos, dinosaurios reciclados, operadores pragmáticos y personajes señalados por prácticas tradicionales ha generado un fuerte desencanto entre sectores populares.
La crítica no proviene únicamente de adversarios políticos. Surge desde dentro del propio morenismo histórico. Militantes fundadores señalan que el partido corre el riesgo de perder su principal capital político: la autoridad moral. Porque Morena no nació únicamente para ganar elecciones. Nació, al menos en el discurso original, como una herramienta de transformación social y participación popular.
En Puerto Vallarta, la sensación de exclusión comienza a crecer. Muchos ciudadanos observan cómo las decisiones importantes se toman cada vez más lejos del pueblo. Las asambleas cerradas, las negociaciones internas y las candidaturas definidas desde grupos de poder han comenzado a sustituir el debate abierto y la construcción colectiva que durante años distinguió al movimiento.
La preocupación de fondo no es menor. Cuando un partido que se autodenomina “del pueblo” empieza a funcionar sin el pueblo, inevitablemente surgen preguntas incómodas. ¿Quién toma realmente las decisiones? ¿A quién representan las dirigencias? ¿Qué espacio queda para las bases militantes que caminaron casa por casa durante años defendiendo el proyecto?
La Asamblea Municipal del próximo 17 de mayo podría representar mucho más que una simple reunión organizativa. Podría convertirse en un símbolo del momento político que vive Morena en Puerto Vallarta: un movimiento atrapado entre sus ideales fundacionales y las prácticas del viejo sistema político mexicano.
Porque mientras las bases reclaman democracia interna, apertura y participación, la cúpula parece apostar por el control político, la disciplina vertical y los acuerdos cerrados. Y en esa tensión permanente, Morena corre el riesgo de parecerse demasiado a aquello que prometió combatir.
La historia política de México ha demostrado una y otra vez que ningún movimiento puede sobrevivir indefinidamente alejándose de su base social. El poder sin principios termina desgastando incluso a los proyectos más populares. Y quizá ese sea hoy el gran dilema de Morena en Puerto Vallarta: decidir si todavía quiere ser un instrumento del pueblo… o simplemente otro partido administrado por una nueva clase política privilegiada.
Cristian Granados.
