Morena, de Movimiento a Partido de Estado

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Morena, de Movimiento a Partido de Estado.
Cristian Granados.

Congreso Nacional de morena cumple las órdenes de Arriba.

En política, las palabras suelen llegar tarde. Los hechos, en cambio, siempre se adelantan. Y hoy, en el corazón del partido en el poder, los hechos comienzan a dibujar una figura que muchos se resisten a nombrar: la de un partido que, poco a poco, deja de pertenecer a su militancia para orbitar en torno al poder presidencial.

La reciente designación de Ariadna Montiel Reyes como presidenta del Comité Ejecutivo Nacional de Morena no puede leerse como un simple relevo. Es el punto de llegada de una cadena de decisiones que, lejos de emanar de la base, parecen haber descendido desde la cúspide del poder.

Cuando la militancia se vuelve espectadora.

Todo comenzó con una pregunta incómoda. A Luisa María Alcalde Luján se le cuestionó si renunciaría a la dirigencia del partido. Su respuesta fue reveladora: solo lo haría si la presidenta se lo pedía.

Ahí, en esa frase, se rompió algo más que una narrativa.
Porque si la dirigencia depende de una orden y no de la voluntad de la militancia, entonces la lógica interna del partido ha cambiado.

Y no es un cambio menor.

La línea que no debía cruzarse

La secuencia posterior no hizo sino confirmar la sospecha.

Primero, el movimiento de Citlalli Hernández Mora hacia la Comisión Nacional de Elecciones, en condiciones que el propio estatuto del partido establece deben ser votadas, no designadas. Luego, la incorporación de Alcalde al gobierno federal por invitación directa de Claudia Sheinbaum. Finalmente, la anticipación —en medios y en pasillos— del nombre que ocuparía la dirigencia: Ariadna Montiel.

Para cuando el Congreso Nacional sesionó, la decisión ya no estaba en juego. Estaba consumada.

Lo que debía ser deliberación, fue formalidad.
Lo que debía ser proceso, fue trámite.

El poder real y el poder formal.

La reunión previa entre Alfonso Ramírez Cuéllar y Ariadna Montiel, antes incluso de la realización del Congreso, terminó por cerrar el círculo: la dirigencia no se estaba construyendo, se estaba ejecutando.

Y aquí es donde la crítica deja de ser retórica para convertirse en diagnóstico:

Morena sigue hablando como movimiento, pero empieza a operar como aparato.

El riesgo que se juró no repetir.

Durante años, el discurso fue claro: no habría partido de Estado. No habría subordinación del partido al Ejecutivo. No habría decisiones cupulares disfrazadas de democracia interna.

Hoy, los hechos obligan a replantear esa promesa.

Porque cuando la presidencia de la República incide —directa o indirectamente— en la designación de dirigencias partidistas, en la reconfiguración de órganos internos y en el destino de sus cuadros, lo que emerge no es solo coordinación política.

Es concentración de poder.

Y eso, en cualquier manual de historia política mexicana, tiene nombre.

¿Unidad o disciplina?

El argumento oficial es la unidad. Siempre lo es.

Pero la unidad puede ser virtud cuando nace del consenso…
o puede ser síntoma cuando se impone desde arriba.

La diferencia no está en el discurso, sino en el método.

El dilema de la transformación

Morena llegó al poder como una respuesta al desgaste del viejo régimen. Como una promesa de ruptura. Como un intento —legítimo— de devolverle la política al pueblo.

Hoy enfrenta su prueba más difícil: no convertirse en aquello que combatió.

Porque la historia no perdona las contradicciones.
Y los movimientos que olvidan su origen, tarde o temprano, terminan repitiendo el destino de sus adversarios.

Cristian Granados.

Redacción de El Revolucionario
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