Puerto Vallarta y el Déficit de Democracia Participativa.

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Solo El Pueblo Podrá Rescatar al Pueblo.

La Democracia Participativa no consiste únicamente en depositar un voto cada tres o seis años. Su esencia radica en la capacidad del pueblo para convertirse en protagonista de su propia historia, influir en las decisiones públicas y vigilar permanentemente el ejercicio del poder. Cuando la ciudadanía deja de participar activamente y reduce su papel al de simple espectadora, la democracia se vacía de contenido y termina siendo administrada por élites políticas cada vez más alejadas de las necesidades populares.

La llamada Cuarta Transformación surgió precisamente de esa convicción. El movimiento encabezado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador no fue solamente una campaña electoral; fue el resultado de casi dos décadas de organización social, movilización política y construcción de conciencia ciudadana. Durante años se recorrió el país para convencer a millones de mexicanos de que la verdadera batalla no era únicamente ganar elecciones, sino construir un pueblo capaz de defender su voluntad frente a las prácticas de fraude electoral, clientelismo y manipulación política que habían caracterizado al viejo régimen.

En este sentido, el filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel sostiene que la democracia auténtica surge cuando la comunidad política ejerce lo que denomina “poder obediencial”. Es decir, cuando los gobernantes entienden que el poder no les pertenece a ellos, sino al pueblo que los eligió. Desde esta perspectiva, el representante popular no manda porque posee una autoridad propia, sino porque obedece el mandato colectivo de la ciudadanía. Cuando un gobierno se separa de esa voluntad popular, comienza una crisis de legitimidad.

Puerto Vallarta ofrece un ejemplo preocupante de esta situación. A pesar de que una parte importante de la ciudadanía decidió respaldar un proyecto político identificado con la izquierda nacional, diversos acontecimientos posteriores provocaron una creciente sensación de distanciamiento entre gobierno y pueblo. La percepción de que actores políticos provenientes de tradiciones ideológicas distintas llegaron al poder bajo las siglas de Morena generó cuestionamientos sobre la autenticidad de la representación política local.

Para Dussel, estos fenómenos reflejan el riesgo permanente de que la política institucional sea capturada por grupos cuya prioridad es conservar posiciones de poder antes que impulsar procesos de transformación social. Cuando esto ocurre, la ciudadanía comienza a sentir que su voluntad fue sustituida por acuerdos cupulares, negociaciones internas o intereses particulares.

Por otra parte, el educador brasileño Paulo Freire advertía que la liberación política requiere desarrollar conciencia crítica. Freire afirmaba que los pueblos no se transforman únicamente mediante decretos o programas gubernamentales; se transforman cuando aprenden a interpretar críticamente la realidad y descubren las estructuras que producen desigualdad, dominación y exclusión.

Aplicado al caso vallartense, esto significa que la ciudadanía debe ir más allá de las simpatías partidistas. La tarea democrática consiste en analizar quiénes son realmente los actores políticos, cuáles son sus trayectorias, qué intereses representan y qué prácticas han sostenido a lo largo de su vida pública. La conciencia crítica implica distinguir entre quienes mantienen un compromiso genuino con las causas populares y quienes utilizan los movimientos sociales únicamente como vehículo para alcanzar posiciones de poder.

En este punto resulta especialmente relevante el pensamiento de Antonio Gramsci. El teórico italiano señalaba que las clases dominantes no conservan el poder solamente mediante instituciones o recursos económicos, sino también mediante la construcción de una hegemonía cultural que normaliza determinadas formas de pensar. Por ello insistía en la necesidad de formar ciudadanos capaces de identificar los mecanismos mediante los cuales se reproducen los privilegios políticos.

Desde una lectura gramsciana, conceptos populares como “chapulines”, “dinosaurios políticos” o “pragmáticos” reflejan precisamente la preocupación por aquellos actores que cambian de partido sin modificar sus prácticas políticas fundamentales. El problema no es únicamente el cambio de militancia; el problema surge cuando las viejas formas de hacer política sobreviven bajo nuevos colores y nuevos discursos.

La democracia participativa exige entonces una ciudadanía organizada, informada y vigilante. Exige participación en los debates públicos, supervisión de las autoridades, exigencia de rendición de cuentas y capacidad para sancionar políticamente los abusos del poder. La transformación no puede depender exclusivamente de los gobernantes; debe sostenerse mediante una sociedad activa que participe permanentemente en la vida pública.

Puerto Vallarta enfrenta hoy ese desafío. Más allá de los nombres, partidos o coyunturas electorales, la pregunta fundamental es si la ciudadanía está dispuesta a recuperar su papel como sujeto histórico. La experiencia nacional demuestra que ningún proceso de transformación puede consolidarse sin la participación consciente del pueblo. Cuando la ciudadanía se organiza, vigila y actúa, la democracia se fortalece. Cuando se retira de la vida pública, los espacios vacíos son ocupados por grupos de interés, élites políticas y redes de privilegio.

La lección de Dussel, Freire y Gramsci converge en una misma idea: la verdadera transformación comienza cuando el pueblo deja de ser objeto de la política y se convierte en protagonista de ella. Esa es, en última instancia, la esencia de la democracia participativa y la condición indispensable para construir un futuro más justo para Puerto Vallarta.

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